El problema con la medicina tradicional
Después de validar mi título, tocaba elegir una residencia. Y ahí apareció un problema: la medicina asistencial tradicional no me entusiasmaba.
Revisé opciones. Clínica médica, cirugía, pediatría... todas eran válidas, pero ninguna me generaba esa chispa. Hasta que vi algo diferente en la lista: Medicina Aeronáutica y Espacial.
"Cuando leí ese nombre, algo hizo click. Dije: esto es lo mío."
La decisión
Había un requisito no menor: para acceder a esa especialidad, tenía que ingresar a la Fuerza Aérea Argentina como oficial médico. Eso significaba formación militar, jerarquía, disciplina, un cambio de vida completo.
Lo pensé. Y decidí que valía la pena.
Ingresé a la Fuerza Aérea y me egresé como Primer Teniente. Entre 2012 y 2015 completé la especialidad en Medicina Aeronáutica y Espacial.
La formación
La especialidad fue todo lo que esperaba y más. Durante esos tres años:
- Ascensos en cámara hipobárica: experimentar en carne propia los efectos de la altitud
- Pruebas de desorientación espacial: entender cómo el cuerpo humano se confunde en vuelo
- Comisiones a la Antártida: medicina en condiciones extremas
- Despliegues en Chaco, Córdoba, Entre Ríos: operaciones reales en territorio
No era medicina de consultorio. Era medicina aplicada a uno de los entornos más demandantes que existen: la aviación.
El reconocimiento
Al finalizar la especialidad, recibí el Premio Agesilao Milano al mejor promedio de la promoción. Fue una validación de que la decisión había sido correcta.
Pero más importante que el premio fue haber encontrado mi lugar: un espacio donde la medicina se cruza con la tecnología, la fisiología extrema y los factores humanos.
Lo que aprendí
A veces la vocación no está en el camino obvio. Si la medicina tradicional no me entusiasmaba, no era porque no me gustara la medicina — era porque no había encontrado la rama correcta. Buscar alternativas, aunque impliquen cambios drásticos como entrar a una fuerza armada, puede llevarte exactamente donde necesitás estar.